Perfil de un Saqra

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Músico autodidacta, el artista ayacuchano ha dedicado más de 40 años de su vida a rescatar y difundir las melodías de tierra adentro. Hoy tiene un nuevo reto: llevar la música tradicional al Gran Teatro Nacional.

Carraspea y toma por la cintura a su “chola caderona”, la de las seis cuerdas, la del trino lacónico y sensual. La puntea “para que la foto salga con música”, bromea. El quinto piso donde nos cita tiene vista sobre la selva de cemento. Abajo, los bocinazos anuncian hora punta en el Centro de Lima. Pero cuando Manuelcha canta, convoca desde su garganta a mil pueblos de tierra adentro.

Su “chola caderona” es una guitarra Falcón con la que viaja a todas partes. Es su compañera desde hace un cuarto de siglo. La otra es una Orozco española, con similar pico de años juntos. Con la ibérica siempre graba sus álbumes, que ya son 11, y la lleva a dar recitales por Argentina, Chile, por todo el Viejo Mundo, por Estados Unidos.

Cuando camina por las calles sus alborotados cabellos cenizos lo asemejan a predicador de iglesia cristiana o a hippie rezagado. La gente le grita “¡brujo de la guitarra!”, “¡Manuelcha!”, “¡saqra!”, “¡supay!”, diablillo, y el músico saluda. En octubre, por primera vez, le cantó al Señor de los Milagros. Se paró en el estrado del diario El Peruano, en la avenida Alfonso Ugarte, e interpretó “Utcupanlillay” (“Mi capullito de algodón”), y el popular “Adiós pueblo de Ayacucho”. Perlaschallay.

Aprender a oír

¿Quién es Manuelcha? “Un guitarrista ayacuchano y cantautor”, se define el músico de 58 años de edad. Su génesis artística está en su natal Puquio, al sur de Ayacucho, donde él y su hermano Percy fueron criados por su abuela, Bárbara, y su tía abuela Patricia, mientras su madre viajaba por meses para trabajar.

Sube el clavijero al temple guitarrístico “baudin”, que lleva la sexta cuerda “alzada”, así tocaba Arturo “Chipi” Prado, dice, el guitarrista huamanguino que llegó a Puquio y nunca le enseñó ni un acorde, jura. También repasa otros temples que hoy usa en sus conciertos, como el “decente”, para la tonalidad del Re menor y la “afinación morochuco”, con la 5 y 6 cuerdas “bajadas” a Sol y a Re, respectivamente. El “Chipi” solo le recomendó que aprendiera a escuchar antes de intentar ponerse a tocar. Es lo que hizo. Es la misma lección que da a todo aquel que quiere hacer música andina.

Para él, primero fue el punteo antes que el canto. Tocó la guitarra en diversos conjuntos. “Mis amigos, como el etnomusicólogo Leo Casas, me hacían bullying para que cantara en quechua; gracias a ellos, tímidamente empecé a poner la voz”. Así hizo suyos cantos tradicionales “Coca quintucha” o “Siwarqenticha”. Hasta ahora, cuenta, le invade la timidez a la hora de usar las cuerdas de su garganta porque cuando ensaya está más interesado en las de su guitarra. “A veces hasta me olvido de afinar la voz, hermano”, dice.

Canto profundo

Antes de cantar, Manuelcha era solo Manuel, sin el diminutivo quechua, y ya creaba canciones. En su caso, componer “nació por la necesidad de volcar la vida”. Su primera canción la hizo alrededor de 1970, “Trova de amor”, dedicado a una paisana suya, de aquellos años “cuando uno empieza a hacer uso del corazón”. Solo pide no preguntar el nombre de quien inspiró esa iniciática melodía.

El éxito le tocó el hombro recién con “Piedra”. El huaino lo grabaron otro puquiano, Edwin Montoya, una limeña con voz huanca, Amanda Portales, unos hidalgos de la bohemia, el Trío Ayacucho, y hasta Los Shapis con “Chapulín El Dulce” a la cabeza. Por su parte, Manuelcha hace algunos años dejó la bohemia y ahora nos invita un vasito de agua, unas papitas fritas y cancha serrana, mientras conversamos y espera la siguiente pregunta cogiéndose su barba en forma de interrogante. En los años ochenta, junto con Raúl García Zárate, Amanda Portales, las hermanitas Sánchez y otros artistas empieza a presentarse en los teatros Municipal y el Segura.

Por esos años, ya en Lima, despega. “Trilce” y “Lucero”, sus canciones que llevan el nombre de sus hijas, le permitieron ganar concursos y llamar la atención a la prensa, “primero como un bicho raro, pero felizmente fuimos un poquito llegando con un mensaje coherente”. Como se califica flojo para escribir, el próximo año lanzará un libro en que reunirá las mejores entrevistas que le han hecho en estos años.

Durante la década de 1990, el puquiano optó por la fusión con el proyecto Kavilando junto a Nino Mele, Pancho Muller y Chano Díaz Límaco. Lanzó canciones como “Síndrome Colonial I”, y los conocidos “Saksaywamampi” y “Waylas ancestral”. “Marcaron una época mucho más social, política, contestataria”.

¿Y a qué le canta el Manuelcha de hoy,?

–Es uno que se muerde la cola. Vuelvo a mis raíces sin dejar de hurgar en posibilidades sonoras en la guitarra como en la composición; pero siempre tratando de ponerle el sello de origen, un mensaje.

Toma nuevamente a su “chola caderona” y da la primicia: una muliza dedicada a Miguel Grau, “Por el mar libre”. Es la primera vez que le canta exprofesamente al Caballero de los Mares, aunque en “Plegaria a los dioses montaña”, un toril telúrico con batería y violín indio, ya nombraba al marino piurano junto con otros constructores de la nacionalidad peruana. Es que leyó los versos de Juan Gonzalo Rose y se dijo “esto tiene que tener música”, así nació la muliza.

“Ya que los paradigmas políticos están de capa caída para los peruanos, hay que agarrarnos de algo y de alguien y qué mejor que Grau”, opina Manuelcha, que, además de músico autodidacta, estudió tecnología electrónica en la universidad La Cantuta, antropología en la universidad de San Marcos y periodismo en la Bausate y Mesa, amén de participar en dos obras de teatro de temática arguediana.

El sur andino presente

Manuelcha cierra el 2013 con el concierto Sonido de la tierra, para lo cual llamó a quienes admira: el dúo cusqueño Los Campesinos, que llevan más de 50 años difundiendo lo andino, con Jorge Núñez del Prado y Wilfredo Quintana, que tienen una gran presencia escénica. Y también a Manuel Silva, “Pichinkucha”, otro referente andino importante. “Estamos Apurímac, Ayacucho y Cusco, como símbolo del sur pétreo. Vamos a hacer también “El serranito”, en homenaje a nuestro querido Indio Mayta. Estamos alquilando el Gran Teatro Nacional, es todo un riesgo. Ojalá las montañas del sur, norte y centro se confabulen para que toda la gente esté ahí”.

El próximo año, además del libro de entrevistas, tiene proyectadas presentaciones en Italia; continuará al frente del centro cultural que lleva su nombre y también ofrece las guitarras “Manuelcha Prado”, que lo elabora un luthier cajamarquino con sus especificaciones técnicas. En 2014 publicará su álbum número 12, el primero donde solo canta y toca yaravíes. “Hay que rescatar el yaraví, que tiene sus raíces indígenas en el harawi, luego viene Mariano Melgar y llegó hasta Argentina: Atahualpa Yupanqui los interpretaba. Es un género lindo, que me gustaba escuchar. Pero también es un género de catarsis. Uno sufre y canta su yaraví. Incluso he escrito uno social dedicado al dirigente comunero Jesús Oropeza Chonta”.

¿Qué te falta explorar?

–La música andina es inacabable, preciosa, pero hay que decantar. Ahora trato de volverme un alambique, cosa difícil. Después de haber trajinado tanto, busco la esencia y es lo que tocaba en mi infancia, en mi juventud.
Es el viaje a la raíz.

Fuente: El Peruano
Autor: José Vadillo Vila. jvadillo@editoraperu.com.pe